viernes, 8 de septiembre de 2017

A cualquiera le dejan escribir un libro

Gato Gordo orgulloso
Dicen que para hablar hay que saber. ¿Qué cosas tiene la gente? Yo no sabía nada de ser madre, y resulta que escribí un libro para madres, no sabía cocinar y publiqué un libro de recetas, no sé nada de niños y acabo de escribir un cuento ilustrado infantil. Bueno, saber, sé lo justo. He sido hija, he sido niña y como comida todos los días, que básicamente es el nivel de experiencia de cualquier persona nacida en el mundo (si ha tenido un poco de suerte en la vida). Me imagino que esto me coloca en la media por abajo en cuanto a experiencia en madres, cocina y niños. Equilibro esas carencias con otras virtudes como un don desmesurado para la exageración, buena memoria, cierta propensión a los accidentes que me ha fortalecido en muchos sentidos, la capacidad de reírme de casi todo y una alimentación basada en el picoteo y el servicio a domicilio.

Cuando Mía y Lluis Cassany me dijeron que me sumara a su pequeño gran proyecto en la editorial Mosquito, creéis que pensé ¿qué tengo que enseñarle a un niño? Pues claro que no. ¿Creéis que valoré que no tengo ni idea de escribir cuentos infantiles? Ni un segundo. ¿Se me pasó por la cabeza que trato a los niños como si fueran señores mayores? ¿Por quién me tomáis? Llevo desde 2010 contando todo tipo chorradas, ¿me iba a parar ahora? Y menos mal que en Mosquito son gente seria y no me pidieron dibujarlo a mí, porque ya os he contado alguna vez que se me daban tal mal las manualidades que suspendía incluso cuando me hacía los trabajos mi padre, otro don, éste parece que heredado genéticamente.

La dura vida del co-protagonista


Yo me senté y me dije: ¿qué cosas te gustaban de pequeña? Pues los gatos y los apocalipsis. ¿Y qué cosas no te gustaban? Las vainas, pero esta temática la tengo sobre explotada, no quiero encasillarme como 'hater' del mundo vaina porque te quedas ahí, odiando verduras, y no sales. Otra cosa que me sacaba de mis casillas de pequeña era que mis padres me cantaran una canción de Antonio Machín cuya letra era:
“Mira que eres linda
Que preciosa eres,
Verdad que en mi vida
No he visto muñeca
Más linda que tú;”

Me ponía enferma, me daba una rabia horrorosa, como si me dijeran el peor de los insultos. Y ellos cada vez que me ponía pesada, llorona, o lo que fuera que hacía yo para protestar por la sobre alimentación de vainas, y otras pequeñas torturas familiares, me la cantaban en plan Pimpinela. Yo gritaba cual niña poseída: “Que no me llames LINDA, no soy linda para nada. Ni un poquico de linda soy”, como si me estuvieran diciendo la mayor ofensa del mundo.

Y ellos seguían con coreografía y todo:
“Con esos ojazos (Y se tocaban los ojos con, quizás, un exceso de dramatización)
Que parecen soles, (Y apuntaban al sol, que como somos navarros te tenías que imaginar que detrás de aquellas nubes estaba el sol, claro)
Con esa mirada (Me señalaban a mí para hacerme aún más protagonista de aquel calvario)
Siempre enamorada (No hacían nada, porque somos navarros, y hacer corazones con las manos va contra nuestros principios y nos quita puntos de foralidad, y si te quitan muchos, te echan de Navarra)
Con que miras tú”. ( Y se hacía coros en plan: turuturutu...)

“Mis ojos son negros como un pozo y no estoy enamorada ni pienso estarlo nunca”, gritaba al borde del colapso con el olor a vaina subiendo del plato, lo que clarísimamente no ayudaba. 

¡Ay! Pero los padres saben cómo sitiarte siempre, esto es parte de mi experiencia básica como hija. Ellos seguían perseverantes y desafinados:
“Porque eres divina
Tan linda y primorosa,
Que solo una rosa
Caída del cielo
Fuera como tú”. (turuturutu)

Claro, que al final me comía las jodidas vainas solo para que se callaran y a Machín le tengo una manía que no te quiero contar.

Pero gracias a aquello aquí esta “Rita Bonita, gato gordo y fin del mundo”. Un niña que odia que le llamen bonita, con un gato gordo que va su bola y con cierta afición por el apocalipsis.

Gato Gordo valorando si el libro es comestible.


Para equilibrar este inicio que parecía tener poco empaque, Mía me propuso una increíble ilustradora, María Hesse, que seguro que conocéis y que a mí me encantaba por un librito de Frida Kalho (mi disfraz favorito) que había publicado y a la que le chiflan los gatos.

Yo no sé de niños, de madres, ni de cocinar. No sé si este libro les gustará a esos niños, o a esas madres, pero solo por tener un cuento así, con mi gato Carlitos en el papel de Gato Gordo dibujado por María, ha merecido la pena de sobra. Eso sí, espero que la historia me haya quedado algo mejor que el arroz con tomate que sigo sin saber preparar, a pesar de haber escrito yo un libro enterico de recetas. 

Gato Gordo soñando con la adaptación al cine.

Sale hoy 8 de septiembre a la venta aunque ya se pueden encargar en Amazon y en la propia editorial Mosquito Books y poco a poco llegarán a las librerías. Hay una versión en catalán lo que me ha venido muy bien porque dentro de un mes puedo convertirme en escritora internacional de niños. ¿Veis? Otra vez hablando sin saber. El siguiente libro intentaré que no sea sobre física cuántica. Prometido.

Y ya sabéis, si alguien os dice que algo es verdad porque lo ha leído en un libro, tened cuidadito, que podría haberlo escrito yo...

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Se pueden comprar aquí: Mosquito Books y en Amazon

lunes, 21 de agosto de 2017

Un post al año no hace daño

Podríamos empezar con que no escribo nunca, con que soy una vaga, con que tengo mucho trabajo, con que cuando no estoy currando, no quiero escribir, con que para ver mil vídeos tontos ya tengo tiempo, con que más vale cerrar un blog de un post al año, podríamos empezar con que desde que le puse nombre y apellido al blog todo es demasiado pudoroso, con que los blogs han muerto y ahora debería estar publicando una foto en Instagram, con que cuanto más leo menos escribo y estoy leyendo a dos manos, pero no, no vamos a empezar. Allá vamos.

Este post es petición de mi madre. Por supuesto que ella NO lo va a supervisar y yo voy a exagerar todo lo que haga falta para que alcance nuestras cotas naturales de drama.

Mi madre está indignada con el señor que le ha puesto los toldos y piensa que ni la OCU ni una hoja de reclamaciones pueden calar en la sociedad tanto como la prosa de su segunda hija favorita (mamá: guiño, guiño).

El argumento de la historia es sencillo. En mi familia no necesitamos complicados giros del destino y mucho personaje para tocar el drama con las manos. Básicamente tenemos dos personajes principales: mi madre y el señor que pone toldos. Y tres secundarios: el pinche del señor del toldo, mi hermana y yo, mero público receptor de múltiples llamadas indignadas, varios “esto yo ya lo sabía” y algún “te lo dije, a mí me van a tomar el pelo”.

Antes de seguir voy a dejar claro el final: mi madre tiene razón. Lo digo un poco porque la tiene y otro poco por si os liais y sentís la más mínima empatía por alguno de los personajes secundarios como el pinche del señor del toldo, la hija preferida o yo, la segunda hija preferida (guiño, guiño) y os descentráis de lo importante: que mi madre tiene razón y señor del toldo es el mal.




Escenario: Benidorm. Agosto. 2017.

Hace 3 años pusimos el toldo con esa misma empresa pero fallaron dos cosas el señor y yo. Mi madre no podía ir el día de la instalación así que me tocó a mí supervisar la jugada. Vamos a dejar a un lado mi responsabilidad en esta historia sobre todo porque yo de toldos no tengo ni idea así que poco podía saber si lo ponía bien o mal. Abrí la puerta, le saludé, vi que había colocado un toldo que bajaba y le pagué. Por supuesto, lo puso mal. De cuatro tornillos, dos se quedaron fuera y en estos 3 años, los otros dos se habían salido un poco más de la fachada. Diagnóstico de mi madre (experta en toldos al contrario que yo): "Cualquier día se cae, y tenemos un disgusto. Hay que llamarles y que esta vez lo pongan bien".

Después de un endiablado juego en el que el señor del toldo marea a mi madre con citas a las que no aparece, mañanas perdidas sin bajar a la playa y ni una triste sombra en el apartamento, con sus llamadas de queja a ambas hijas (preferidas y menos preferidas), el tipo le propone a mi madre hacer una chapuza para solucionarlo y le culpa (¡a mi madre!) de haberse dejado el toldo bajado algún día de viento lo que ha provocado que se salgan los tornillos. El señor del toldo casi muere.

Después de dejar claro que la rotura es por su incompetencia (doy fe), de que mi madre jamás se ve sorprendida por un fenómeno meteorológico porque siempre está súper informada del clima (doy fe), y que siendo una drama mamá siempre va un paso por delante de cualquier cosa mala y desgracia que pudiera o pudiese pasar (doy mucha fe), el señor accedió en mandar a alguien en unos días con un presupuesto de reparación de 70 euros para poner dos tornillos y asegurar los otros dos.

Otra vez comienza el juego de "voy no voy", que estoy segura de que el pinche nunca jamás volverá a jugar con otra clienta. Viene el pinche. Bronca acerca de lo impresentables que son con las horas, las citas, y los toldos. El muchacho coloca los dos tornillos bajo la supervisión de mi madre (experta en tornillos). Y le dice:
- Como habíais quedado, son 70 euros señora.
- Perfecto, dame la factura.
- No, son sin factura.
- Bueno, pues a mí me haces factura.
- Pero, a ver, señora que entonces es más caro.
- No pasa nada, me cobras el IVA y así, si se salen los dichosos tornillos, yo tengo una garantía de esto que me habéis hecho. Además mi yerno es inspector de Hacienda (guiño, guiño) y nos tiene muy bien enseñadas de cómo tenemos que hacer esto porque los impuestos son para todos. También para ti para esa carretera por la que has venido, el colegio de tu hijo o para curarte ese catarro que te cogiste por abrigarte mal- el spam maternal no puede faltar nunca.
- Bueno, entonces tendrá que venir el jefe porque yo no sé hacer facturas- dice el muchacho que no sabe por qué se ha puesto recto y se ha retirado un poco el pelo de la cara pero todos nosotros sí lo sabemos.
- Ea, pues que venga.

Aquí tenemos nuestro momento de gloria los personajes secundarios y Teléfonica, que por mucho que se cambie el nombre, en mi casa sigue siendo Telefónica.

Madre: "Te puedes creer, sin factura, ni nada. Unos impresentables. Y porque me he puesto pesada que si no me hacen una chapuza. Están sobrados de trabajo eso es lo que pasa. Está Benidorm todo lleno de toldos, ni cuidan al cliente, ni nada. Una ventana, un toldo y no creo que haya uno bien puesto. Total, la gente se va y le echan la culpa al clima, a la sal y al uso. Y bueno por no hablar de conseguir una factura. Me ha dicho que tiene que venir el jefe a cobrar. Que venga, que venga, que me va a oír".

Hermana: "Sabía que la iba a liar". (Ya no es tan hija preferida ¿eh mamá?)

Madre: "Dos días y no han venido. Y luego dirán que vienen a una hora, y me tienen aquí toda la mañana y no aparecen, ni dicen nada, que se creen que tengo todo el día para tirar. Unos impresentables. Ahora que ya me puede decir misa, yo quiero una factura decente y una garantía. Y si no, pues no pago".

Al tercer día, el pinche llegó con una factura de 120 euros. REPITO: 120 euros. El IVA de toldos de Benidorm es de algo más de un 58%. De los 70 euros iniciales a 120, y mi madre al punto del colapso por cabreo (retomemos esa conclusión a la que ya habíamos llegado: mi madre tiene toda la razón):
- ¿Pero qué locura es esta? ¡Pero si me dijisteis 70 euros!
- Usted quería factura. Yclaro...
- ¿Pero de qué está hecho el papel en Benidorm? ¿de pan de oro? Es casi el doble de dinero, ¿qué tipo de impresentables sois? ¿Factura? Pero si esto es un papelajo sin valor ninguno que llamo ahora mi yerno (guiño, guiño) y os mete un puro que no te lo crees.
- Si quiere, hable con el jefe, que yo de esto no sé.
- Claro que voy a hablar, porque además, ¿cuánto tiene esto de garantía? Aquí no lo pone.
- ¿Garantía?
- Sí muchacho, de las obras, como de los objetos uno se tiene que hacer responsable del trabajo bien hecho. Lo quiero por escrito y firmado. Y si no, a mi yerno. ¿Ves esa carretera de ahí? Pues la he pagado yo. Está claro que tú jefe no.  Y tú tampoco.
- Señora, a mí que me cuenta, que yo soy un empleado.

Aquí entra mi personaje como oyente y futura adalid de causas perdidas:
"Y nada, he pagado los 120 euros después de hablar con su jefe y decirme que tenemos 3 años de garantía. Bueno, y unas cuantas cosas más que le he dicho a ese mangarrán como que si fuera por él iríamos por caminos en vez de por carreteras. Y al pinche le he obligado a firmar el papelajo ese que llaman factura pero no me ha puesto el DNI.  Entonces me ha dado cuenta de que no tiene validez ninguna (mi madre experta en facturas). He salido corriendo detrás de él, pero claro, me he tenido que poner los zapatos buenos porque a ver si me voy a caer que aquí hay mucha humedad y todo resbala, y he comprobado los fuegos y los grifos para no dejarme nada abierto con las prisas, que en cualquier momento se te arma un lío, y claro, cuando he llegado a la calle no se le veía por ningún lado. He gritado un poco: ¡que falta el DNIiiiiiii! Pero no ha dado la cara. Se ha debido camuflar entre la gente que está Benidorm a tope. Y así va el país, lleno de mangarranes, de impresentables que no hacen bien su trabajo y encima son una carga para todos. Y también los que como no es cosa suya, lo dejan pasar. Un post tendrías que escribir, o algo, que se sepa cómo funcionan las cosas. Tú escríbelo, que se sepa. Bueno, nena, pues no te lo creerás pero al final he echado el día con esto".

Mirad, yo de toldos, tornillos o facturas no sé, pero que mi madre no se ha dejado bajado el toldo un día de viento por despiste, lo tengo cristalino.


Todo esto pasó la semana pasada. Yo estaba de vacaciones, y mira, no iba a escribir el post porque no tenía mucho sentido llevando el blog parado un año, y yo tan vaga, y tan ocupada y todo con lo que no vamos a empezar, pero chica, ayer a las 19.26 mi madre me mandó un whatsapp.
Éste en concreto:



Y, claro, yo con mi madre puedo quedar mal, pero que ella rompa una promesa con Angelita porque yo no cumpla con mi palabra, eso sí que no, tenga claro yo quién es Angelita o no. Aunque después de este post me juego lo que quieras a que recibo una extensa llamada en la que, a parte de algunas quejas por culpa de mi imprecisión en el relato, recibiré una detallada explicación sobre Angelita, qué le une con mi madre, su lugar de residencia, su marido, sus hobbies, y toda su genealogía. Lo mismo me da para un post (guiño, guiño).

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lunes, 22 de agosto de 2016

Yo he sido muy feliz en Benidorm

(Esto no es un post, son unos cinco juntos. Escribo tan poco que me he desbordado.)


A mí, Benidorm me pone triste, y en agosto, más.

No es por el mogollón, ni por la decimoquinta fila (gracias @PalomaAbad) de sombrillas que pillé a día 4 de agosto en la Playa de Poniente. Ni por el pollo reseco que comí, con mucha tardanza y a un precio excesivo, servido por dos camareros que hasta mis primas pequeñas jugando a las cocinitas me sirven con bastante más garbo y jugo un trozo de barro y un café imaginario. Tampoco es por la ingente cantidad de ingleses rosados y tatuados que se mueven en motos estilo obeso mórbido estadounidense. Ni siquiera por ese mar que a hora punta se parece a una piscina china luchando por el record de llenado, y que mece turistas con bañadores, biquinis y triquinis neón en olas de gente con olor a coco.

No es nada de eso lo que me pone triste, no. Yo he sido tan feliz en Benidorm que lloro sólo de pasearme por su jolgorio de riñoneras, chanclas con cuña y menús plastificados algo pegajosos en los que comparten página un banana split, un english breakfast y un mojito. A mí, el puñetero olor a gofre de Manneken Pis y la humedad de la "calle del coño" me hacen llorar de nostalgia. Bueno, y me da un poco de hambre, eso también: nostalgia, hambre, gula y calor. Y un poquito de agorafobia porque esa calle está a reventar siempre, hace 30 años y ahora.

Yo (que os parezco tan sofisticada a estas alturas, lo sé) pasé todos los veranos de mi infancia en Benidorm. Mis abuelos vivían allí en invierno y migraban cual palomas al Norte de mayo a septiembre. Así que los agostos eran nuestros en el apartamento de un decimosegundo piso (gracias Paloma de nuevo) con vistas muy muy laterales al mar. Pero a una niña de Pamplona en los años 80, Benidorm le parecía lo más, y no digo lo puñetero más porque me lee mi madre.

Aquella ciudad abarrotada, caliente, compacta, estirada, húmeda, fosforita, ruidosa y dulzona era mi propia versión del paraíso. Yo que venía de una ciudad pequeña, verde, fría, plana y cerrada no tenía tiempo para disfrutar de todas aquellas maravillas y posibilidades que se me ofrecían entre Levante y Poniente, las dos playas que construyen Benidorm, la ciudad de la borrachera y la familiar.



Las tres primeras maravillas a disfrutar eran: las literas, moqueta y una pared de cristal, tres cosas que tenía el apartamento y que en Pamplona eran de lo más exótico. Daban igual los 45 grados que se alcanzaban en aquel cuarto, que tenía las dimensiones de un camarote de barco, y en el que dormíamos con un abanico debajo de la almohada para los golpes de calor. ¡Qué importaba! Repito: ¡literas! Ahora os parecen una cosa súper normal porque el Ikea ha puesto una en cada casa pero cuando yo era pequeña las literas eran lo más parecido a dormir en un columpio con aquella triple funcionalidad de ser cama, columpio, y trampolín lanza hermanas. Eso sí, en Benidorm había que tener cuidadito al lanzar hermanas porque mis pies pegaban contra la pared de cristal que ocupaba todo el frontal del apartamento a una altura de 12 pisos. Que nosotros pensábamos ingenuos: “Lo bueno de esta altura es que nadie nos va a quitar las vistas”.  Ajá.

En sí misma, aquella desmesurada altura de todo era algo lúdico para mí. Dormir en columpios en vez de en camas, vivir en atracciones tipo ‘La Nube’ en vez de en casas y comer helado, como si en Benidorm la vida no fuera muy en serio. Y no lo era.

Para todo había que coger un ascensor, cuando no eran dos como en el apartamento de mis tías. Nosotros en el 12, los Aguirre en el 10 y con cristaleras de lado a lado y mis tías contra el mar en el 16 con otras 5 plantas más por debajo hasta llegar a la recepción. Entre 15 y 30 apartamentos por planta y ¡moqueta! en los pasillos de un edificio de playa, sí, con arena. Un genio el arquitecto de todo aquello.

Había un mínimo de cinco ascensores por edificio: dos para los pisos pares, dos para los impares y el ascensor que paraba en todos. ¡Y con memoria! Aquello era como yo me imaginaba exactamente el año 2000. No había cosa que más gracia me hiciera que coger uno de los impares y discutir con mi hermana si era mejor parar en el 11 y subir un  piso andando, o parar en el 13 y bajar uno. Con menos tensión se ha llegado a guerras civiles. A esas broncas se sumaban otras tres: coger esquina del ascensor. Sólo las dos del fondo contaban como esquina, las del espejo, que cuando venían mis primos o amigos había autenticas batallas de pellizcos y pisotones para conquistar esas dos esquinas contra el espejo. ¿Por qué? Ni la más remota idea, claro, pero nos dejábamos la piel en aquella pelea y también por ser el dedo que pulsaba el botón. ¡Nos corroía el poder! El tercer gran enfrentamiento era por ducharse en segundo lugar. Mi madre tenía prioridad porque nos hacía la comida y había que esperar de pie hasta que te tocara el turno porque llegábamos mojados y llenos de arena de la playa así que estaba prohibido poner el culo en ninguna superficie. He visto a primos míos de 10 años aducir ciática para ser los segundos en pasar.

Además de los cinco ascensores, las literas, una cristalera del suelo al techo de color naranja donde apoyar la cabeza para ver a la gente como hormigas, una piscina con cinco trampolines y la moqueta, aquella maravilla de apartamento tenía un ingenio único. ¡Algo insuperable! Las basuras se tiraban desde una puertecita que había en cada planta y caían gracias a la fuerza de la gravedad hasta un enorme contenedor que había en la calle. Como lo oís: teníamos un cuartito de las basuras por planta. Y pensaréis, con algo de razón según todas las madres de aquellos edificios: “Pues menuda guarrada debe ser lanzar una bolsa desde un piso 14, por ejemplo, y que vaya rebotando por las paredes de aquel túnel vertical mientras se rompía”. Eso es que no teníais 10 años y os parecía la leche 1) no tener que bajar las bolsas a la calle, 2) exactamente eso, que se rompiera. Ganaba quien conseguía que rebotara más veces. “Más explosión, más diversión” era nuestro lema, era claramente un lema secreto porque como mi madre descubriera nuestro modelo de lanzamiento te digo yo lo que nos iba a durar la diversión.

Aquella maravilla de sistema se cerró bastante rápido junto a las alturas tercera, cuarta y quinta del trampolín de la piscina. Lo de las basuras no fue cosa mía, pero puede que en lo otro si tuviera alguna influencia. Sufrí un corte de digestión después de una tripada infame al tirarme de cabeza del tercero aupada por mis primas mayores que decían en bajito: “Si te tiras tú, luego vamos nosotras”. Liantas... Yo salí ‘rojica’ como una gamba de la leche que me di y las cobardes de ellas bajaron por la escalera. A mi histórica tripada de la que se sigue hablando en mi familia como ejemplo de lo que NO hay que hacer nunca en una piscina ni en la vida en general, se sumó la perfecta habilidad de un niño muy muy gordo al que llamaban Piraña (siendo benevolentes porque aquello eran como tres Pirañas juntos) de tirarse de bomba encima de bañistas varios. El 'jodío' intentaba hacer diana y a veces hacía, no era el niño más ágil que yo haya visto, siendo benevolente de nuevo, pero tenía una puntería corporal de aúpa. Así que los vecinos acordaron clausurar las tres últimas alturas.

El lobby de propietarios era fuerte porque muchas familias se conocían desde hace años. Algún promotor inmobiliario tuvo como objetivo de venta un valle navarro a los pies de Urbasa y en esos edificios estábamos un montón de familias de mi pueblo. Aquellos pasillos enmoquetados olían a vainas ¡en agosto! Era como ir por mi pueblo pero todos metidos en el mismo edificio con moqueta y con sol, que eso en mi pueblo no saben lo qué es, el sol quiero decir. Así que en aquella playa andábamos con los Aguirre, los Etxarri, los nietos de la Edu, los Aldad… Y nosotros que éramos los del mayor de Ascunce.

Todos juntos íbamos al Aqualand, que en Disneylandia no tienen ni idea pero hace 30 años aquello sí era el sitio más feliz de la tierra: la piscina con olas, el kamikaze, tirolinas, el río bravo con corriente, los rápidos, el zigzag, las pistas blandas… Tú mete a un niño de pueblo ahí, uno que sepa nadar claro, y no lo ves en días.  Menos a mi hermana que era feliz en la piscina con bolas. Ahí la encontrabas siempre. Comparad los nombres: piscina de bolas, KA-MI-KA-ZE. Sigo sin entenderlo. Es raro pero era exactamente la posibilidad de estar a puntico de morir lo que me volvía loca. Cuanto más alto mejor, más rápido, más extremo, mejor. Me ponía de puntillas para llegar a las alturas mínimas para saltar de todo. Y para comer al medio día, había un menú infantil que venía en una caja de cartón con forma de casa, nos dejaban pedir refresco en vez de agua y traía un helado. ¿Qué más se le podía pedir a la vida? ¡Qué!

Tobogán Kamikaze


El segundo sitio más feliz de la tierra en los 80 para mí era el Festilandia en la avenida del Mediterráneo. En Pamplona, las barracas sólo iban por San Fermín, eso eran 9 días al año, así que un lugar que tenía una noria y autos de choque todos los días me parecía un paraíso de diversión sin cortapisas temporales. Yo pensaba: "Si viviera en Benidorm, los martes al salir de clase en vez de ir a clase de bailes regionales a aprender a bailar la porrusalda vendría aquí a montarme en el saltamontes". Que yo muy lista no era porque mis padres nos dejaban montarnos dos días, dos viajes en todas las vacaciones… Ahí, derrochando.

Otra cosa que me encantaba del Festilandia era el tirapichón pero porque mi madre era muy buena disparando palillos. Yo me sentía súper orgullosa. Aunque su puntería fuera en mi contra en el lanzamiento de zapatilla, en el tirapichón mi madre era la reina. Yo la veía y ponía cara de: “Déjenla pasar, es una súper tiradora, si en vez de disparar al palillo quisiera daros a vosotros, menos risitas y codazos os ibais a dar mequetrefes”. Y luego me llevaba mi llavero de bola de billar, un peluche o lo que fuera que consiguiera como si lo hubiéramos robado a punta de pistola, con mucho orgullo.

El tercer sitio más feliz era un centro de recreativos. Había todo tipo de cochecitos con música para montarte de esos que les echabas 25 pesetas y se movían, caballitos, maquinitas, pinball, billares, futbolines, una minibolera y una cosa que a mí me parecía la repera y ya sabéis porqué no digo la puñetera repera. Había una especie de fotomatón con forma de diligencia del oeste americano que se movía al trote de caballos mientras te proyectaban en frente y a la espalda películas del Cinexin y te sacaba cuatro fotos de carnet que salían por un lateral de la máquina. Claro, que en esas fotos nunca salía yo porque, en realidad, a mis padres aquello les parecía carísimo y me decían que, total, yo nunca salía bien en las fotos. Así que esperaba fuera mirando como otros niños disfrutaban de lo que era los primeros pasos de la realidad aumentada y, mientras, pensaba que mi primer sueldo me lo iba a gastar enterito sentada allí dentro viendo sin parar las cuatro posibles películas que se proyectaban de las que solo veía los pies pero de las que todavía soy capaz de tararear las melodías.

Porque a pesar de todo lo que molaba Benidorm el sentido ahorrador de los padres de los 80 lo jodía bastante y reducía nuestras posibilidades de diversión. A pesar de la desbordante oferta,  nosotros nunca llegamos a tomarnos nunca una copa de helado XL con bengalas, sombrillita china y loro con plumas. Más o menos la norma era un polo de palo de 25 pesetas y no todos los días. Lo peor que te podía pasar era que el día que te dejaban comer casi cualquier helado sin tope de precio ni de pirotecnia, que eran dos o tres días en todo el mes, estuviéramos comiendo en algún restaurante que no tuviera ni Frigo ni Miko, nuestros preferidos. Yo recuerdo gritar como una loca en mitad del comedor: “Si son de la Avidesa no cuenta como día de helado”. O peor aún, cuando en el restaurante sólo tenían tarrinas de nata y fresa y aquellos limones y naranjas helados que yo gritaba: “¡Esto no cuenta como helado! ¡Esto es fruta! ¡Yo mañana quiero un frigodedo!”


Yo fui a EGB

Bueno, hubo una vez que vivimos como si fuéramos millonarias. Mis padres estaban tomando algo con una amiga de mis tías abuelas y su marido en una terraza. Mientras ellos charlaban, mi hermana y yo jugábamos con la carta a ordenar los tres primeros que nos comeríamos si nos dejaran barra libre de copas de helado. La duda estaba entre 'Odisea Tropical' o 'Malibu de caramelo' porque los dos primeros puestos eran sin discusión para 'Explosión de fresas' y 'Copa Benidorm Mil chocolates'. Le dimos tanta pena a aquella mujer que allí mismo nos dio el dinero para que nos compráramos uno. Bueno, los reyes magos unos aficionados a lado de aquello. Nos trajeron una copa a cada una que llegaron iluminadas por bengalas, y traían una sombrillita pinchada, un mini abanico de papel, un loro en acordeón y hasta una flor que parecía una flor de verdad pero se podía comer, ¡y sabía a oblea de misa! El mundo estaba del revés en Benidorm. El caso es que, por supuesto, ninguna pudimos siquiera comer la mitad de nuestra copa. Guardamos todos los complementos que no estuvieran pegajosos para tener pruebas de aquel milagro económico en la cuadrilla pero, eso sí, después de aquello, mis padres utilizaron el incidente para no concedernos nunca jamás un capricho bajo la premisa: "Acordaos de la copa helado de Benidorm, que os da el ansia y luego no podéis ni con la mitad, que nos conocemos". Aún y todo, mereció la pena e íbamos contando a los demás niños: "Y las bengalas caían sobre el helado y no se deshacían", mientras ellos nos miraban llenos de admiración.

El sentido ahorrador, que igual les venía a todos del valle de Urbasa, también hizo que nunca nos compraran un inflable, por ejemplo un tiburón, un cocodrilo, ni siquiera una colchoneta o un jodido churro de esos. Nada.

El mínimo de chavales que nos juntábamos era de ocho, cuando no venían primos o agregados varios incluso críos que se nos pegaban en la playa. Podíamos haber amortiguado cualquier juguete de playa con creces. Pues no. Bajábamos al garaje y rebuscábamos en un cajón donde los que hubieran pasado antes que nosotros por el apartamento dejaban los enseres de playa. Normalmente el inventario consistía en palas desparejadas, frisbis rotos, colchonetas pinchadas y cientos de pelotas de tenis que todavía no lo entiendo. Una vez encontramos una barca azul con cuerdas a los lados, algo casi profesional del ocio acuático, pero pinchada también. Entre los padres localizaron los pinchazos, les pusieron parches de las ruedas de la bici y nos lanzamos los ocho al mar como si aquello fuera un yate. 15 minutos duró inflada. Y aún mi padre me dijo:

- Alá, pues ahora jugad con los remos.

Aunque también quedaron confiscados después del segundo remazo en la cara de un bañista al jugar a una novedosa interpretación del tradicional juego de pala con los remos y una pelota de tenis que no gustó mucho entre los adultos.

Alguna extrañísima vez conseguimos una colchoneta de esas rojas por un lado y azul por el otro como de terciopelo cutre que con los parches de la bici aguantaba bastante bien y casi llegamos a la isla de la emoción.

Los ‘pedalos’ eran otro de los grandes hits de la playa. Un par de veces nos volvíamos locos y alquilábamos dos patinetes y nos íbamos a darle la vuelta a las boyas o como decía mi tía Pilar:

- Venga Joaquín, llévanos a alta mar.

Y allí que nos montábamos todos con viseras, burbujas, flotadores, crema, remos, gafas, y un tubo de plástico donde meter el dinero para pagar al señor del los pedalos que a mí siempre me daba un poco de miedo porque moreno, arrugado y con barba me parecía un pirata. Alguna vez llegamos a darles la vuelta a unos cargueros americanos que atracaban en Benidorm una semana. Decía la leyenda que si llegabas nadando te dejaban subir a visitarlo. No lo pude comprobar porque  la amenaza de “como se ocurra siquiera intentarlo este año no hay Aqualand y no pruebas un frigodedo en tu vida” me cohibía ligeramente.
Fuente Wikipedia


Las noches de Benidorm también eran algo increíble. Por ejemplo: nosotros vimos a los Locomía antes de que fueran famosos. No sé cuantas veces dijimos esta frase en aquellos años. Los Locomía se ponían a mover sus abanicos en un bar del final del paseo cuando todavía no era conocidos pero ya causaban furor allí. Y esto que puede parecer una chorrada, no lo era porque siendo de un pueblo navarro, o incluso de Pamplona, nunca jamás eras el primero que veía nada. NADA. Todo venía de fuera. Normalmente de Francia y si no, de Madrid. Si hasta para ponernos ‘brackets’ pasábamos a Bayona.  Así que chuleábamos de los Locomía en plan: yo ese giro de abanico lo vi hace 3 años. Así era la época pre internet.



Otra cosa que nos hacía sentirnos súper modernas a mi hermana y a mí era el McDonald’s.  Sí, ni paellas exquisitas, ni pescado recién cogido, lo que nos moríamos por comer era un Happy Meal porque lo más parecido en Pamplona a una hamburguesería era un sitio que se llamaba Tutti Pasta. Repito: Tutti Pasta. Nada más que añadir para describirlo. Una noche a lo largo de aquel mes, mis padres nos llevaban y ellos se iban a comer al restaurante de en frente. Nos vigilaban mientras nos sentábamos allí las dos solas, como si fuéramos adultas, mientras peleábamos con el juguete que nos hubiera tocado. Todavía debe andar alguno en casa de mi madre.



Las noches de Benidorm eran lo más extraordinario de las vacaciones, lo que nadie se iba a creer cuando volviéramos a Pamplona. En las aceras del paseo marítimo de la Playa de Levante nos aglutinábamos cientos de familias cotilleando lo que pasaba en el interior de los locales porque pasear y cotillear era gratis y dentro había que pagar. Gogos en tanga que bailaban sobre plataformas imposibles, drag queens llenos de plumas que eran mujeres que eran hombres y nos costaba entenderlo del todo, purpurina y lentejuelas por todos los lados, mimos que bajaban escaleras imaginarias, enormes esculturas hechas de arena, ingleses borrachos, pestañas postizas, María Jesús y su acordeón con Los Pajaritos y la pista de baile a reventar de niños, cantautores, patinadoras que daban flyers a nuestros padres como si nuestros padres salieran de marcha que nos daba risa sólo de pensarlo, relaciones públicas disfrazados de zombies, abuelos bailando pasadobles, Locomía, robots que vendían unas diademas que se iluminaban de noche y de fondo sonaba “Mami qué será lo tiene el negro” sin que nadie si quiera pensara que era racista o sexista porque lo políticamente correcto creo que no se había inventando, al menos no en Benidorm.



Así eran las noches hace 30 años en el paseo de Levante y tampoco ha cambiado tanto. Ahora las familias llevan unas tiras fluorescentes que se ponen en las zapatillas y se iluminan al andar en vez de los collares y se ve mucho helado de yogur con topping de oreos, pero todavía huele a gofre y venden banana split, los ingleses siguen igual de borrachos y rosados y aunque sonaba La Gozadera, María Jesús con su acordeón sigue tocando 'Los pajaritos' cada noche mientras, al lado de las gogos con tanga mínimo y tacones máximos, los abuelos bailan el mismo pasodoble que hace 30 años. Los que ya no estamos somos nosotros, eso es lo triste, que tan felices hemos sido en Benidorm.


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viernes, 8 de abril de 2016

Esto no es una pensión

El tipo que quitó la primera aceituna a una ensalada del menú del avión era Satán o un primo hermano. Ese tipo es el culpable de todo. La semilla que convirtió volar en una tortura aún mayor si cabía. Ese tipo pensó que con esa aceituna podrían ahorrarse unos cuantos dólares, 40.000 al año concretamente. Y esta chorrada se cuenta en miles de clases de administración de empresas como esa idea sencilla que produce un ahorre de costes bestial. Un visionario era el jodido de American Airlines. Ahora, que a esa aceituna primigenia le siguieron los aros de cebolla que pasaron a ser dos y medio, luego ya sólo ponían un tomate cherry por ración, luego medio, pensaron la posibilidad de dar un cuarto de cherry pero dijeron para qué dar ensalada, unos cacahuetes y listo. Y quitaron el agua, las servilletas, y dijeron entonces: la comida que se la paguen ellos, que esto no es una pensión.

Podrían haber parado ahí, pero no, un feliz pensamiento se cruzó por el cerebro de probablemente una mala persona: igual si les quitamos a cada uno un centímetro, nos cabe otro pasajero. Y recordaron al puto héroe de la aceituna, y dijeron: "¿Seré  yo el siguiente en estudiarse en las facultades de LADE de este país? La ilusión que le haría a mi abuela". Pero no se conformaron con porque su abuela era una mujer ambiciosa: "Quizás si en vez de quitar un centímetro quito un asiento directamente. Total la gente, tampoco necesita todo el rato espacio para vivir". Caprichosos. "Y si meto un montón de peña ahí dentro y les hago pagar por las aceitunas, los cacahuetes y las ensaladas, no sólo abarato mis costes si no que monto un bar. ¡Un bar con vistas! Dos negocios en uno. Si ya me decía mi abuela que yo estaba destinado a grandes cosas".

Espacio vital en el avión
Y así fue. A la idea de Satán (mantengamos este apodo cariñoso) se le sumaron distintas variantes: lotería a bordo, tienda a bordo, restaurante a bordo. En breve te podrás hacer las uñas a bordo aunque igual existe ya el servicio. Por las vistas no te cobran pero dadles tiempo a esa pandilla de 'satanitos' con abuelas demasiado motivadoras.

Y aún fueron más allá, casi diría que al robo, porque desarrollaron un sistema de venta en el que pueden vender dos veces la misma cosa a dos personas distintas. Y no es que a la que llegue más tarde al aeropuerto le devuelvan el importe, no. Ellos cobran a las dos personas lo mismo, y si van los dos, uno se jode y se queda en tierra. Es como si pagas en El Corte Inglés por unos vaqueros reservados y cuando llegas te dicen que se los ha llevado otra persona, que "te busques la vida"*.

Yo odio volar. Dicen que tienes las mismas probabilidades de que toque la lotería que de suicidarte cogiendo al azar un vuelo comercial diario. A mí esto no me tranquiliza porque yo siempre que juego a la lotería pienso que me va a tocar y siempre que cojo un avión pienso que se va estrellar. Así que tengo un método para impedirlo. Yo sujeto el avión. Sí, lo sé, los que habéis volado conmigo tenéis mucho que agradecerme. Ni piloto, ni azafatas, ni torres de control, nosotros llegamos porque yo sujeto el avión todo el jodido vuelo. Llego a destino con unas palizas de impresión, porque los aviones pesan, pero cualquiera lo suelta.

Si a alguien que el concepto "a 9 millones de pies sobre el suelo" le desasosiega, le mantienes sin asiento hasta el último momento, le obligas a pasar primero por una gymkana anti explosivos en la que un puto desodorante es una amenaza, lo descalzas, lo cacheas, le asustas con un discurso pre-vuelo en el que por toda salvación le das un chaleco amarillo que tienes que soplar tú misma si la cosa se pone seria (yo desmayada o histérica te digo lo que voy a soplar) bueno pues después de eso, la sientas en el espacio más pequeño en el que cabe, si es que cabe y una voz como de telefonista de radio taxi dice por el altavoz, en vete tú a sabe el idioma porque siempre parece el mismo "disfruten del vuelo", a esa persona sólo le queda sujetar el avión. Y bien fuerte.


A mí, me gusta viajar pero cuando veo un avión desde la calle jamás pienso esa tontería de: a dónde irán, me cambiaría por ellos ahora mismo, qué suerte. Mi concepto de ensoñación no incluye nada que vuele. Yo no. Yo prefiero estar jodida en mitad de un atasco en la M30 que ahí arriba. En realidad siempre que les veo despegar pienso en esa angustia horrible que te sube por el estómago y ese pensamiento fugaz de: con lo joven que soy y todo lo que me queda por hacer y he dejado la casa como una leonera, ya vas a ver mi madre como se pone cuando vaya a por mis cosas.

Puestos a imaginar, yo me cambiaba por la gente que está directamente en una playa en Maldivas, no por esos desgraciados apretujados que van a pagar por una bolsa de 8 cacahuetes 3,10 euros. Sí, 3,10 es el precio más absurdo que he pagado por una bolsa ridícula en la que 8 pobres frutos secos flotaban en montón  de sal. Espera a que haya uno en la fábrica de Cacahuetes S.L que se pregunte eso de: "Si le quitamos una pizca de sal a las bolsas, ¿cuánto creéis que podremos ahorrar?  ¿Y qué pensará mi abuela de mí?"

Satanitos, mira, os voy a dar una idea, a pesar de que estoy agotada porque he tenido que sujetar hoy mismo un Airbus desde Ámsterdam durante dos horas sentada en 30 centímetros cuadrados, el gancho ese para colgar cosas, eso podéis ahorrároslo. En serio, ni el puto bolso de la Barbie cabe ahí. Quizás para enrollar hilo dental tenga algo de utilidad pero a cuánta gente le importa morir con algo entre los dientes ¿eh? Desde luego a mí no.  Y con toda esa pasta que os ahorráis en ganchos podéis comprarle algo bonito a vuestra abuela. Una planta que igual a la mujer si la entretenéis con un buen geranio o un poto le importa un pimiento que paséis a la historia del ahorro de costes mundial.

Y una última sugerencia, al chaleco ese amarillo, ponedle paracaídas. No sé, lo mismo a 9 millones de pies, resulta algo más útil.

De nada.

* Podría parecer un exceso mío pero es una cita textual. La chica del mostrador de Iberia Exprés le ha dicho exactamente esa frase a una compañera esta mañana en el aeropuerto de Amstérdam. Habían vendido 11 plazas dos veces. Tal cual. Y se ha tenido que quedar en tierra. En realidad, la cita textual ha sido: "El que sale a las 7 también esta sobre vendido así que búscate la vida con KLM o algo".

domingo, 21 de febrero de 2016

37 años

Arrepentirse de algo no tiene mucho sentido, sobre todo porque quién sabe si cualquier pequeño cambio te hubiera llevado a ser otra persona, igual peor o más infeliz. No lo  sabes. Pero sería tonto pensar en no cambiar nada de nuestro pasado si pudiéramos. Hacerlo un poco mejor, nada drástico, sólo acompañar a esa intuición que ya tenías con 16 de que no deberías empezar a fumar.  Hoy cumplo 37 años y he repasado año por año mi yo del pasado para decirme un consejo, algo pequeño, algo que no cambiara el curso de las cosas, pero que me hubiera venido bien, que me hubiese calmado, animado o transformado.

1- Duerme más. Tu madre lo agradecerá.
2- Duerme y come algo, chica.
3- En serio, tienes que comer y dormir.
4- En esa clase harás amigas que te durarán toda la vida. Sé simpática y no muerdas a otros niños, ni a los perros… Trata de no morder. Pellizcar tampoco.
5- Come. Y no le pegues a tu hermana, será tu mejor compañera dentro de nada. No puede volar. No te empeñes. Y tú tampoco.
6- No te sueltes de la mano de tu madre en la plaza del Castillo y no te dejes disfrazar de vieja chocha.
7- No te partas los piños en la piscina.
8- Memoriza bien la tabla del 7. La sabrás mal el resto de tu vida.
9- No patines con el traje de comunión. 
10-  Aprende a bailar e intenta afinar algo. Es el momento de hacer el ridículo.
11- Esas no son tus amigas pero llegarán las que te hagan sentirte en casa.
12- No te rías de nadie. No soportarás ser cruel. 
13- No mandes ese papel en clase. Te van a pillar y la que te va a montar tu madre va a ser fina.
14- No vaya a la discoteca Reverendos. Te van a pillar y la que te va a montar tu madre va a ser fina. No te cortes flequillo. Acompaña a tu abuela a la compra cuando ella te lo diga.
15- El pelo rizado te queda mejor. Deja de alisártelo. No discutas tanto con tus padres.
16- Esas son tus amigas.  Disfruta.  No empieces a fumar.
17- No te encorves. No te avergüences de ponerte en biquini. Eso no es tener tripa.
18- Serás periodista. No te agobies con las notas de corte. Disfruta.
19- Nada de lo que te parece tan importante lo será. Y en realidad no te importará nada.
20- Viaja más.  Haz más amigos.
21- Estudia más, bueno, algo.
22- Viaja más. Deja de fumar ya. Vete a estudiar fuera.
23- No pelees, no trates de que Madrid encaje en tu idea y no vayas tanto a Pamplona.
24- Tienes toda la vida para trabajar. Viaja más. Sal más. Lee mucho.
25- Escribe.
26- Entrega las cosas a tiempo. No te infles a comida basura.
27- No te empeñes. Ahorra un poquito.
28- No te sigas empeñando.
29- Todo pasará y será la leche.
30- No discutas con tus padres. 
31- Habla más. Llora más. Grita más. Ríe más. Bebe más.  Habla mucho con él. No te preocupes ni un segundo por tu trabajo. Prioriza. Internet no tiene la cura, no leas más.
32- Habla aún más con él. Todo lo que puedas. Graba videos. Saca fotos.  No te desgastes peleando contra la enfermedad. Aprovecha cada segundo.
33- Llora. A la pena no se le puede meter prisa. Ve más a Pamplona. No regañes a tu madre.  Llora en público también. Llorar no es malo. El dolor tampoco. Hay que pasarlo.
34- Relájate.  Lo que digan en los comentarios en Elmundo.es importa un pimiento. Aprende a posar para las fotos.
35- No te bloquees. Perderás ese pudor. Escribe más. ¡Y no gastes tanto!
36- Al fin podrás dejar de fumar. Lo conseguirás. No aguantes el dolor.
37- No dejes pasar el tiempo. No estés a la espera. Y no te agobies, todo encuentra su sitio.

Claro que yo nunca he sido de seguir consejos... Igual con los 37 me entra el fundamento.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

16 de septiembre

Puedo recordar la angustia exacta, no dormir, la espera, el dolor, los nervios, el calor, el olor a enfermedad, una tortilla de patatas pastosa con txaka del hospital y los donuts que nunca jamás podré tomar sin nauseas, llevar las bandejas llenas de vuelta, y el olor a pescado de los pasillos, cientos de azucarillos y galletas María guardadas en el armario y la colonia de Álvarez Gómez que quería taparlo todo, pero no servía.

Puedo recordar que no quería ir al baño porque me parecía terrible que mi padre muriera justo en ese momento, y yo tendría que recordar siempre que estaba meando cuando pasó. Ya ves, que tontería. Me concentraba en las cosas absurdas, circunstanciales, epidérmicas. Puedo recordar que me parecía imposible que mi padre muriera un día de calor, porque no le pegaba y me asusté muchísimo cuando aquella tarde cambió el tiempo. Recuerdo cerrarme la chaqueta con terror y a la vez pensar que estaba perdiendo la cabeza por no beber suficiente agua para no tener que mear, que eso eran chorradas, supersticiones. Puedo recordar el miedo a irme a casa a dormir, y que mi madre estuviera sola si al final pasaba. Y fumar en el balcón de casa durante horas buscando estrellas fugaces a las que pedir milagros, y coches capicúa, y pestañas en las manos , como si a los 32 pudiera creer como con 10 años.

Recuerdo no saber qué decir, ni decirle, de qué hablar en cualquier momento. Recuerdo que todo lo trivial me parecía insultante y lo importante me parecía amenazador. Y ese calor tan intenso que nos salvaba porque era imposible que mi padre muriera un día de sol. Y nosotros con abanicos, que era lo único que podíamos hacer, darle aire. Con cientos de donuts al día, por si en algún momento, le apetecía uno. Celebrar incluso que había comido una esquina. Y luego celebrar tan solo que al menos había tomado una cucharada de batido proteico con cientos de donuts duros en el armario. Ese olor pastoso a glaseado y a Álvarez Gómez.

Recuerdo las caras de pena de los compañeros de pasillo, que no se atreven a mirarte a los ojos, y bajaban la cabeza cuando salíamos de la habitación, corriendo, pidiendo ayuda. Intentaban ser inmunes a la enfermedad, a la muerte. Recuerdo que me jodía ser protagonista, las elegidas para aquella pena, todo aquella lástima me enfermaba. Pensaba en gritarles: "te puedes morir tú antes de un macetazo al salir de aquí. No des nada por sentado". Recuerdo estar muy enfadada. También la cara de los médicos, de las enfermeras, el cariño y esa especie de apoyo moral, esa mirada sincera de no hay solución, hacemos lo que podemos, y sabemos que duele. Y tanto.

El teléfono que sonaba todo el rato, y yo repitiendo las frases aprendidas. Recuerdo ver llorar a un buen amigo de mi padre por mi brusquedad en aquellas sillas amarillas de plástico insultantemente rígidas, incómodas, donde hacía mucho calor. Las cosas son así dije. Dura. Insensible. Y darme cuenta de que estaba sobreviviendo a base de actuar: ahora tengo que decir esto, ahora tengo que ir aquí, ahora tengo que llamar corriendo a un médico porque ha perdido el conocimiento, ahora tengo que aprender qué es un síncope, o cómo funciona la mochila de morfina. Ahora tengo que aprender a mirarle a los ojos y sonreírle. Ahora, tengo que aprender que es mejor que esto acabe por él. Era mucho aprender, pero uno aprende.

Y luego llegó el frío, la tormenta, el cura y los amigos. Recuerdo cerrar las ventanas del pasillo y abrigarme y sentir mucho miedo.

Y aguantarme las ganas de mear, por si acaso. Recuerdo a mi madre y a mi hermana que llegaban a relevarme, y toda la angustia de sus ojos al ver cómo estaba. Y esa especie de locura en la que te das cuenta que está pasando, los lloros de todo el mundo, un murmullo soterrado que te va calando y ese cambio. Ahora sí, y ahora, no. Nunca más.

Y a pesar de toda la angustia, daría lo que fuera porque esta semana fuera aquella semana porque también recuerdo frases, olores, la piel y el aliento. Y la esperanza incluso cuando solo te queda inventarla y hacer como que las normas de la vida, no fueran contigo, como si tuvieras 10 años, porque también a eso se aprende, a fabular. A coger la lástima, las quinielas, las probabilidades y las sentencias y prenderles fuego. A lo único que no se aprende es a no echar de menos. Al menos este año la meteorología se ha portado con una contundente ciclogénesis explosiva porque hoy no es un día normal, como todos los 16 de septiembre que me quedan. Felicidades Rossy.


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martes, 18 de agosto de 2015

Las vacaciones, las madres y el WhatsApp

Llámame cuando llegues.  Besos madre.


Me imagino que te lo estás pasando muy bien y por eso no tienes tiempo de llamar.

La playa muy bonita, pero ¿y tú? Manda foto donde salgas tú.  Besos madre.

Te veo más delgada. ¿Refresca por las noches?

Cómo puedo hacer del móvil una linterna. ¿Tienen todos los móviles un código? El de tu hermana tiene linterna. No encuentro la mía.

¿Qué tal has dormido? Lleva chaqueta que van a bajar las temperaturas y van a haber tormentas.  Besos madre.



La playa muy bonita pero como la de Benidorm ninguna.

¿Estáis comiendo bien? No bebas agua del grifo que luego te da gastroenteritis.

Escribiendo... Escribiendo... Escribiendo... Escribiendo... Escribiendo... Escribiendo...
Ok

Date bien de crema que está el sol muy traicionero. Besos madre.


Whatsapp va a ser de pago. Manda este mensaje a 15 de tus contactos si quieres tenerlo gratis. Cuando lo mandes, un círculo al lado de tu nombre de perfil se pondrá azul.

Hija no hablamos nada. Esto es un desmadre de horarios. Espero que estéis bien. Besos madre.

En un funeral fallido. No he podido entrar en la iglesia. Te llamo luego.

Llama a tu tía que su cumpleaños. Besos madre.

¡Se me han borrado los canales de la tele! Te envío una foto del mando de la tele y te llamo para que me ayudes.

Si os llega la versión oro de Whatsapp no pinchéis. Es un timo y te cobran 36 euros. Lo están difundiendo hoy en la radio y en la OCU. Pasadlo a quién podáis!

¿Qué tal el tiempo? Por aquí fresco, parece que va a llover. Estáis comiendo bien?

Buenos días. Se han abierto 3 flores del limonero y tiene 3 más sin abrir. Que tengáis buen día. Besos madre.



Muy bonito pero tened cuidado con los mosquitos que a ti te envenenan.

Hoy estoy mejor pero todavía me duele si estoy de pie producto mejor. Besos madre
Me han salido las dos últimas palabras mal. En de vez de producto es producto. Besos madre
Otra vez! Estoy peor si apoyo el pie. No sé qué la pasa a este móvil.

Estáis bien? Cómo no sé nada  de vosotros.

URGENTE: Dile a todos los contactos de tu lista que no acepten un vídeo que se llama EL BAILE DEL PAPA. Es un virus que Formatea tu móvil. Ten cuidado es muy peligroso. Pásalo a tu lista ya que la gente lo abre pensando que es un chiste. Lo están difundiendo hoy en la radio. Pasadlo a quienes podáis

Si le mando un mensaje a tu hermana aunque no esté ahora en el hotel y no tenga internet lo recibe luego?


Ten cuidado con la bici que ya no tienes 10 años y cuando tenías 10 años venías llenita de brechas.

Ya os queda poco. Pero piensa que al menos tenéis trabajo y salud. Besos madre

La  puesta de sol preciosa pero ese vestido de playa lo tienes que tirar ya. Que descanséis.

Llámame cuando paréis y mandad whatsapp con los kilómetros que os quedan.
Hasta que no llegas no descanso. Buen viaje.

¡Y no corráis! Besos madre

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P.D. La madre de Alban Orsini es peor. Tiene un libro genial que se llama Mis whatsapp con mamá.

lunes, 6 de julio de 2015

La libertad de salir mal en las fotos

Tengo un síndrome malísimo por el que sufro muchísimo, es más, diría que una auténtica barbaridad,  pero me revelaría exagerada en el primer párrafo y quisiera conservar cierta credibilidad. Vamos a ser justos con la medida de las cosas y lo dejamos en que es un síndrome  molesto.  ¿En qué consiste semejante medio drama? Pues en que siempre me veo mal en las fotos que me sacan pero, pasado un tiempo, me veo súper bien en esa misma imagen y espantosa  en las del día anterior.  Lo sé, estáis horrorizados. 

Vivo en constante desaprobación de mi imagen actual. Lo he llamado síndrome de “fotogenia flashforward o FFF” (para que se note que sé inglés y porque soy un poco imbécil también)...

El post completo lo podéis leer en la web Harper's Bazaar.



PD. Ya sé que escribo muy poco, me lo decís vosotros, mi madre, mi hermana, mis tíos, mis vecinos, hasta la frutera. Por eso he pensado en compartir por aquí lo que publico en otros sitios. No es mucho pero ¡volveré!

miércoles, 6 de mayo de 2015

La tristeza está sobrevalorada

Yo no me sé poner triste.

No me sale. Conozco personas a las que les invade una tristeza digna, diría que respetuosa, que les mece unos días para luego salir de ella poco a poco, como quien sale de un mal sueño y pasa a la duermevela, y luego ya, al tiempo, despierta un poco fortalecido,  desahogado, y con suerte, vaciado de tanta pena.

A mí no me pasa. La angustia es mi variante a la tristeza. Lo más parecido que tengo a la pena es un ahogo, una rabia, y un disimulo que me impide mostrar en qué me ando. No sé llorar, ya lo he contado de broma, pero con una broma que iba en serio. Casi siempre, porque decir siempre puede sonar a demasiado,  lloro a escondidas y con la urgencia del que tiene que acabar pronto (“que no se note”) y a la vez, con la angustia de que esos lloros no te calman, no te desahogan.  Al contrario, esos lloros te descomponen y muchas veces me pregunto lo mismo: ¿Cómo sabe  la gente que llora cuándo debe parar de llorar?

No es como la risa, la risa nace y se pierde en ella misma cuando se ha agotado, pero el lloro no se agota. Al menos el mío no, hay que decidir pararlo, porque la pena no pasa. No tengo penas circunstanciales, que me duran lo que una carcajada o una llorada. Ni creo que existan. Son penas que uno decide dejar de pensar, porque siempre que se piensan, angustian.

Tampoco me gustan los lloros de los demás porque nunca sé qué tengo que hacer. ¿Abrazar? ¿Acariciar? ¿Escuchar? Yo solo quiero salir corriendo y a cambio, pongo cara de panoli y abro mucho los ojos y le toco como si en vez de manos tuviera el palo de una escoba. Solo si llora alguien a quien conozco mucho mucho, alguien a quien quiero,  me sé comportar, más o menos.  El llanto de los desconocidos es como una pregunta indiscreta, como verle a alguien un tomate en el calcetín, o tropezarse con una raya de una baldosa en la calle. Es un mirar para todos los lados y disimular.

En cambio la risa, tan exhibicionista, tan fácil de sacar a pasear, que te cura, te transforma, te pone el lunes como si fuera una viernes, te hace olvidar, te vacía el cuerpo, te libera, se contagia… Uno quiere hacer reír, no llorar. Claro, si uno es buena persona. Y sin embargo el llanto tiene esa fama de importante, de creativo, de liberador. Pues no lo entiendo.  Desde luego que un ataque de risa me hace tener ideas mucho más creativas que llorar dentro de un baño y salir a disimular.

Por no hablar de esa extraña confusión en la que los de lloro rápido sufren más, o peor aún, sienten más. Como si la risa no fuera lo suficientemente intensa, fuerte, concreta, o superlativa como para ser considerada una emoción mayor.

La risa, al menos la mía, me construye. Y la vida siempre tiene que ver con construir. Estoy cansada de todas las intensidades tristes. Tampoco es para tanto.

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miércoles, 4 de febrero de 2015

La verdad sólo te la dice tu madre (y menos mal)

Parte seria del post:
Madres, drama mamás, hijas, mujeres, ¿qué les pasa a las madres con el aspecto físico? Por qué un flequillo sobre los ojos,  el pelo suelto, un pantalón vaquero roto o unas botas grandes les vuelven locas. ¿Qué creen que dice el aspecto de sus hijos de ellas? Porque a ver, yo quiero a mi pareja, pero si quiere llevar barba, corta o larga, pendiente, pantalones cagados, gafas sin necesitarlas, un sombrero… Me da igual. Bueno, si lo lleva todo junto habría que valorarlo. Eso sí, no me indigna. No me da ganas de apartarle el pelo de la frente, ni de subirle los pantalones, ni de arrancarle el pendiente. Me guste o no, no me parece tan importante.  No sufro. Lo mismo me pasa con mis amigos, mi hermana, e incluso mi madre. No me siento responsable de su estética y, por supuesto, no me molesta.
Entonces, ¿qué coño les pasa a las drama mamás? No es una pregunta retórica, agradeceré respuestas sobre por qué mi madre sigue opinando con visceral emoción sobre mi estética, por otra parte, de lo más normal. Aunque jamás, nunca, ni de milagro, ni se me pasa por la cabeza preguntarle su opinión.

Parte menos seria del post pero igual de intensa, dramática e importante:
Situación: después de casi dos años, cambio mi foto de whatsapp. Dos años. Salía monísima en la foto. Me la hizo Patricia Gallego, una fotógrafa profesional, en la revista ELLE, con focos, y mucha luz para mi segundo libro y todo el mundo me dijo eso de: “Que guapa, no pareces tú” (Ajá, la típica gente sincera y simpática. Cabrones).

No me importó. La he tenido dos años en twitter, en whatsapp, en Instagram... Sí, coño, me veía bien. Pero el otro día pensé: “Anda Amayita, deja de intentar parecerte a la de la foto, que encima ya tienes el pelo un palmo más largo y te has echado algún kilo al dejar de fumar. Cámbiala. La ha visto todo el mundo que te conoce y los que no también. Es hora de volver a ser normal”.
Y me hice un selfie, rollo egoblogger hípster con las gafas. Tampoco era mi mejor foto, pero nunca he tenido una foto buena, excepto en la que no me parecía a mí misma. Me vi normal y la cambié. 
Pensaréis: Pues sí que parece una egoblogger porque a quién coño le importa que cambiara de foto de whastapp. ¿A nadie verdad? ¿Verdad? ¿Os había dicho que mi madre tiene whatsapp?



Podría utilizar mucha literatura: que si yo escribí, que si mi madre me dijo, que mira qué cosas, que exagerada es esta chiquilla. Súper exagerada… Pero os lo voy a poner fácil.



No tiene desperdicio. Mi madre es que además de ser una drama mamá en toda regla, encima adjetiva bien. 

¿Termina ahí una simple anécdota de una foto de whatsapp?  Ojalá.

Ha hecho equipo con la vecina. Y me manda también su opinión acerca de lo fea que salgo en la foto. ¿Cuán afortunada soy?  También me  llamado por teléfono un par de veces para comentar lo equivocado de mi decisión. Se hacen llamar lobby “Anti Fotos Feas del Séptimo Piso”. Es decir el AFFSP y están intentando captar a la vecina del C, pero anda la mujer reflexionando si su aversión a los selfies es tan grande como para firmar un pacto de descansillo que podría comprometerla en la próxima junta de vecinos.

¿Lo más curioso? Con la anterior  foto todo el mundo me dijo que no parecía yo y con esta, mis amigas, mis primas, mi novio me han escrito para decirme que salgo muy guapa y que me parezco ¡a mi madre! Eso sí, sin que yo le  preguntara a nadie. No os vayáis a pensar que le voy diciendo a la gente: ¿qué te parece mi nueva foto de perfil?  De momento, no soy ese tipo de persona. Ha sido espontáneo. ¿Cómo de afortunada soy?

Que yo tampoco lo entiendo, cambias una puñetera foto de whatsapp en silencio, para dejar de ser la panoli que tiene una foto de estudio en el perfil y mira tú, acabas siendo la panoli de la que todo el mundo opina con mejor o peor adjetivación. Menos mal que tengo el blog para meterme con todos ellos. Sí, sobre todo contigo, mamá. Te la has buscado, y al blog vas.


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P.D. Mi madre escribe perfecto castellano, no así el corrector del teléfono que va a su aire y le cambia términos, sin que por ello pierda fuerza su adjetivación.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

2014

Este es el año en el que aprendí a hacer alcachofas con jamón. A cortar la cantidad exacta, a quitar las hojas justas, sin miedo a tirar de más. Aprendí a tenerlas 7 minutos de mi olla, no de la mi madre que pide 10, ni los 5 de Arguiñano.  Necesité hacerlas 8 veces. Unas veces blandas, otras duras, tiesas, secas, pastosas, casi a punto, duras otra vez, y por fin: perfectas. Feas, no voy a mentir, pero deliciosas.

Este es el año que comencé como no fumadora y terminaré igual. Mis primeros 365 días sin fumar. Exceptuando medio puro en vacaciones, que claro, no cuenta. Este es el año en el que fumé medio puro en el Caribe y me sentó terriblemente mal a pesar de lo increíblemente bien que me sienta a mí el Caribe.



En 2014 aprendí a respirar cada seis brazadas y me compré mi primer pull boy. Escuché esta canción miles de veces https://www.youtube.com/watch?v=k9IfHDi-2EA. Y tres mil esta: https://www.youtube.com/watch?v=PrEJ5eXva4g

En 2014 leí libros sobre el duelo (El año del pensamiento mágico y Los días azules, de Joan Didion), y también uno de los que más me ha hecho reír: Aventuras y desventuras de chico centella (Gracias Molinos por los tres). En 2014 lloré durante un vuelo transoceánico por el hijo de Sergio del Molino en su “La hora violeta”. 

En 2014 comí sopa de nido pájaro pensando que era una metáfora y descubrí que si algo se llama nido de pájaro, parece saliva y tiene textura de saliva, probablemente lo sea. En 2014 vomité en el hotel al leer que  lo era.
 


Este es el año que volé en primera en un vuelo largo y entendí porque da menos miedo volar con espacio para tumbarse y barra libre.  En 2014 conocí Singapur  y tuve una piscina en mi propia villa. Y en 2014 volví a México y fue aún mejor, aún más caliente, azul y picante.

En 2014 lloré bastante, por encima de mi media sin saber muy bien porqué, incluso por cosas a veces triviales. Me hicieron jefa, en plan oficial, con tarjeta con cargo: directora. Y también hice mi primera trenza rellena de Nutella sin grandes altercados.

Tuve una gastroenteritis que corrigió algo mis kilos de más por dejar de fumar y me dio por comprarme perfumes raros y caros y olerlo todo sin parar. En 2014 visité por sorpresa a mi madre en la playa y estuve 3 veces en Benidorm.  Escribí muy poco y me apunté a clases de inglés por teléfono.



Monté en carroza por Sevilla y utilicé por primera vez el seguro del móvil que llevo años pagando. Me dieron un teléfono nuevecito gratis.

Me hice las pruebas de la miopía y decidí quitarme las gafas para siempre y ya tengo fecha para hacerlo. En 2014, estuve en una fiesta en una embajada con súper modelos, actores y diseñadores y me fui de vacaciones con mi hermana unos días por primera vez en años.

Discutí con una buena amiga y tuve que decir a adiós a dos en el trabajo.  Monté una cama de Ikea y conocí a los coatís. Estrené el vestido que le quitaba las ganas de vivir a mi madre en una boda.




En 2014 bebí mucho vino dulce blanco y me tocó lo puesto en la lotería de Navidad.  Pelé 25 kilos de pimientos del piquillo y me volví a poner pantalones de campana.  Celebré un genial sexto aniversario y organicé mi tercera Nochebuena como anfitriona.

Tomé mucho café y regaliz negro.

2015. Pórtate bien.


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PD. Feliz año lleno de amor, humor, salud y un poco de suerte.

lunes, 17 de noviembre de 2014

118. Me van a oír

Noche, Madrid, octubre de 2014, casa de la nena, llamada rutinaria de control maternal:
- ¿Qué tal nena? ¿Cómo ha ido el día? ¿Hace frío? ¿Has comido? – ésta es mi madre.
- Bien mamá, trabajando y eso.
- ¿Qué es eso? -  a ella los pronombres demostrativos no le gustan, no son su estilo.
- Pues lo de siempre: comer, conducir, planchar… Poca novedad.
- Pues anda que no es novedad tú planchando. ¡Para verlo! ¿Te has grabado en vídeo?
- Anda no exageres ¿y tú qué tal el día? ¿Has hecho algo especial?- esta soy yo desviando la atención.
- Bien, bueno, me ha pasado una cosa un poco rarilla.
- ¿El qué?
- Ha venido una mujer de Iberdrola. Yo le he pedido tarjeta de identificación, no te creas, que a ver por qué tenía que creerle, se lo he dicho tal cual. Total que me ha enseñado una tarjeta y  me ha dicho que venía a actualizar los datos de la facturación y demás. No sé raro.
- ¿Y se los has dado?
- De entrada no, porque ya le he dicho que yo también me puedo hacer una tarjeta que ponga Iberdrola, bueno, que me la haría mi hija que trabaja en internet, y podría ir por ahí pidiendo el DNI y el número de cuenta a la gente, si quisiera, que no quiero claro. Pero entonces me ha enseñado otros papeles y tenía todos nuestros datos. Y me ha dicho que era como para comprobar la información y actualizar el tipo de contrato y que no tenía ningún coste, que mi factura iba a ser igual. Total, que le he dicho que si mi vecina también lo había hecho y hemos llamado a María Jesús, y bueno, no sé al final se lo he dado. Aunque María Jesús no le ha dado nada porque hace poco le hicieron un lío en Telefónica y está que no se fía. Todo parecía normal pero, chica, tengo la mosca detrás de la oreja.
- A ver, ¿has firmado algo?
- Pues lo de los datos y ha hecho como una fotocopia del DNI en una maquinilla que llevaba… Espera que voy a por el papel que me ha dado.

Total que me empieza a leer un larguísimo texto que después de 20 gritos, tres relecturas, 4 reinterpretaciones,  15 minutos navegando por internet, un ¡mierda! (que en boca de mi madre suena a apocalipsis)  y 4 llamadas a Iberdrola, descubro que le han dado de alta en una especie de seguro del que no le habían informado. Pagas lo mismo el primer año, pero luego no y tenía permanencia. 

Así que trato de explicárselo con toda la suavidad del mundo:
- Te han timado mamá.- sí, los rodeos no son lo mío.
- ¿Que me han timado nena?- silencio- ¡ME HAN TIMADO!¡A mí! ¡Mierda!- (dos mierdas: el fin del mundo está cerca)
- Bueno, tú tranquila. Les he dicho que lo paralicen y tengo que mandar un mail a incidencias exponiendo lo que ha pasado con tus datos  y con eso se supone que está.
- De eso nada, mañana mismo a las 8 de la mañana estoy en la oficina de atención al cliente.  ¡Me van a oír!
- Mamá, de verdad, estate tranquila que ya lo he solucionado, no hace falta que vayas.
- Que no, que no. Yo quiero que me lo pongan por escrito y que me devuelva el papel que he firmado.
- Bueno, tú veras. - cualquiera la contradice cabreada. Desde luego que el tercer mierda de la noche no iba a ser para mí así que nos despedimos después de preparar toda su argumentación para el día siguiente.

8 de la mañana. Llamada a las puertas de la oficina de atención al cliente:
- Nena, estoy aquí mismo, en cuanto abran, me van a oír. No sabe esta gente a quién han timado. Los voy a freír a hojas de reclamación.
- Bueno, mamá, por favor, estate tranquila que nos conocemos…
- ¿Tranquila? Te dejo nena que abren. Me van a oír. Estos me van a oír.

8.10 de la mañana. A las puertas de la oficina de atención al cliente. Ring. Ring.
- ¿Qué ha pasado mamá? ¿Ya te lo han solucionado? No me digas más, ¿te ha echado la policía?
- ¿Qué policía? Que te gusta más un drama nena.  Calla, calla… Que he entrado y he pillado a un señor y le he soltado todo el rollo, que lo traigo ensayado, y el señor ahí esperando,  que si sois unos mangantes, que os metéis con la gente mayor, que menuda vergüenza, y total que cuando termino mis 10 minutos de charla, me dice el señor que tengo toda la razón del mundo, pero que eso es Telefónica, y que Iberdrola está en el edificio de en frente.
- ¡Jajajaj! ¿Y qué le has dicho?
- Que me había liado pero que entre Iberdrola y Telefónica se llevan el canto de un duro y que a mi vecina María Jesús le han hecho un lío que le han tenido 10 días sin línea. Bueno, te dejo que ahora sí estoy donde atención al cliente. Me van a oír. Estos no saben con quién se han metido.

8.30 A las puertas de Telefónica. Ring, ring.
- ¿Qué tal ha ido mamá? ¿Qué tan dicho? ¿Has gritado mucho? ¿Y la policía?
- Uy, chica, no sabes qué carácter tiene la de Iberdrola. Menudos gritos me ha metido ella a mí. Pero no te puedes imaginar, qué mala leche la muchacha. Que si ese no es su trabajo, que si además ya estaba anotado en mi ficha que no lo queríamos, que lo había anulado la hija de la propietaria,  que no era su responsabilidad y que ella no tenía nada que ver con eso. A grito pelado me lo ha dicho. Que le he contestado que, hombre, algo tendría que ver con una pegatina de Iberdrola en la puerta… Pero chica, menudo carácter,  casi me como la pegatina.
- ¿Me estás diciendo que te ha conseguido placar una dependienta?
- Imagínate cómo era. Uyuyuy nena, de verdad que tenía muy mal carácter, como para decirle nada. Está allí la mujer en un rincón porque el resto le debe de tener miedo… Y ha despachado a 5 antes que a mí, dos berridos por persona y para casa. Menuda pieza. ¿De qué te ríes? No le veo la gracia por ningún lado, que eres una sin fundamento. Bueno, te dejo, que voy a explicarle al señor de Telefónica cómo han quedado las cosas, que lo  he dejado preocupado. Y me tengo que ir para casa a peinarme el barrio a ver si pillo a la comercial, que como la pille le voy a dar un tirón y me llevo su carpetilla de robar a viejos.- yo casi me atraganto.
- ¿Pero qué dices mamá? No hagas tonterías. A ver si vamos a tener un disgusto.
- Tú tranquila, me acerco por detrás y ni se entera, que soy muy silenciosa cuando quiero. Me ha dicho la panadera que anda por las mañanas en el barrio. Se va a enterar.
- Mamá, por dios, a ver si te caes y te partes la cadera o algo.
- Anda nena,  ¿de quién habrás heredado tanto gusto por el drama? No te preocupes, te dejo que estoy en Telefónica. Esta noche te cuento.

Así que en este momento mi madre ha emprendido una campaña de información del barrio para que nadie caiga en manos de la comercial, que incluye una intensiva vigilancia de todos los portales de la zona oeste, todavía sin timados confesos, y este post bajo su petición con la frase textual de mi madre (y cito): “Pamploneses, cuidado con firmar nada a la puerta de casa, que nunca se sabe”. 



Consecuencias
Días después llamaron a puerta de la Mancomunidad para darle una llave para unos nuevos contenedores de orgánico que han puesto en Pamplona, lo que llaman el quinto contenedor. Las amables chicas del ayuntamiento me lo estaban explicando y cuando yo extendí las manos para que me dieran un pequeño recipiente de basura y la llave, no había llegado a tocarlo, cuando la drama mamá apareció por detrás de mí, y sin darnos tiempo ni a entender qué pasaba, cerró de un golpe la puerta al grito de:
- En la puerta de casa ¡NADA! A mí, comunicaciones oficiales por escrito.

No sé la cara de la chica porque no me dio tiempo a verla, pero la mía incluía el asombro, la vergüenza y cierto gesto de panoli total con los brazos extendidos hacia una puerta cerrada. Estuve así un par de minutos, procesando, porque es verdad que mi madre, cabreada, es rápida. No me gustaría ser la comercial de la carpetilla. Todavía no la ha pillado, ahora, que como la enganche…

La otra consecuencia es que ahora mi hermana y yo tenemos esperanza y poder. Cada vez que mi madre se pone imposible le decimos:
- ¿A que llamamos a la mujer de atención al cliente de Iberdrola?

Y a ella le recorre un escalofrío.  Solo espero que esa mujer no tenga hijas… Pobrecillas.


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