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Saving mommy money |
Pero bueno, tiene sus ventajas, vivo constantemente sorprendida de los tesoros que encuentro entre mis pertenencias y me siento de estreno, con ropa que tiene años. Hace poco me encontré 300 euros en un libro. En un libro sobre microeconomía, que luego lo piensas y era bastante lógico, pero en su momento me tiré desesperada buscando en carteras, bolsos y bolsillos los 300 pavos, hasta que llamé a mis padres para pedirles dinero. Ahora, cuando no llego a final de mes, me tiro una semana revolviendo toda la biblioteca a ver si otra vez tuve la genial idea de guardar pasta dentro. Por el momento nada. Solo un caos de biblioteca. Ya os contaré.
Pero tiene inconvenientes:
- Una pérdida enorme de tiempo buscando cosas.
- Un gasto extra para comprar dos veces el mismo objeto, incluso tres.
- Cajones llenos de servilletas atadas en honor del pobre San Cucufato al que tengo explotado: San Cucufato, San Cucufato los cojones te ato y hasta que no encuentre las llaves (las gafas, los pendientes, el gato) no te los desato. Luego no me acuerdo por qué había atado la servilleta, y ahí lo tengo al pobre hombre, encogido hace años.
- Último inconveniente: mi madre. Uno puede ser el caos en persona pero combinarlo con una madre como la mía, no se puede.
Cuándo utiliza el consejo:
Sobre todo cuando me pilla atándole los cojones a San Cucufato porque dice que le parece una falta de respeto. Bueno y dice algunas cosas más que si no pierdo la cabeza porque la llevo pegada, que si un día me voy a perder para no encontrarme, que eso solo puede ser una manifestación del desorden mental que tengo, que si me parece normal que mi vida sea un caos, que si no es más ordenada la que más ordena, sino la que menos desordena, que si voy a arrastrar a todo mi entorno a una vorágine de autodestrucción. ¡Bah! Lo típico.
El día crítico fue el que perdí a mi hermana y me perdí yo también. Bueno, que lo dices así y parece una barbaridad, pero que yo no lo hice a propósito, que fue sin querer. Estábamos en el Aqualand. Por primera vez. Yo soy de una ciudad de pequeña, en la que no había Corte Inglés, vamos, que no por no haber, no había ni unas escaleras mecánicas. Por no hablar de que las barracas venían una semana al año. Y en aquel parque acuático había: ríos con corriente, cascadas, precipicios, trampolines, toboganes, tirolinas, piscinas con olas y todo legal. ¿He dicho piscinas con olas? Allí estaba todo y también estaba la Cruz Roja cerca que, con mi corta experiencia, sabía que era una ventaja. Pues eso, que yo no entiendo como mis padres se les ocurrió decirme:
- Quédate aquí un poquito, que vamos a por unos botellines de agua. Agarra a tu hermana y no te muevas.
¡No te muevas! Es que, vamos, pedían un milagro. Si a mí me cuesta estar quieta, atada. Yo no recuerdo muy bien donde nos separamos. Solo que vi que ponía: “Kamikaze, el tobogán de la muerte”. Y se me nubló la vista. Aunque todo no fue fácil. El socorrista me dijo que era muy bajita para tirarme. Pobre. Me agazapé debajo de un seto, sigilosa como un ratón. Esperé a que se despistara y me colé. El caso es que el hombre tenía razón. Al tirarme, como pesaba tan poco, en el primer salto me quedé en el aire, y ya no toqué el tobogán hasta el último momento, de manera que, salí rebotada a la piscina de al lado, donde justo caía el señor más gordo que he visto en mi vida. Y lo vi clarísimamente, como un inmenso alud de chichas que se desparramaba sobre mí. Yo de mi hermana ni me acordaba. Ya me vi el papelón. A toda pastilla a la Cruz Roja y venga decirme que cómo me llamaba, y yo como si fuera autista pensando: “Para rato te lo digo, que les llamas a mis padres por megafonía y ya vas a ver. Hasta que no pare de sangrar, no suelto prenda”. Pero entonces, apareció mi hermana. Llorando con un amable policía, por decir algo, que la habían encontrado en una esquina de la piscina de bolas preguntando por sus padres. Se me abrazó y entonces sí que tuve que cantar. Cuándo oí mi nombre por megafonía lo tuve claro. Se acabó el verano. Y no veas sí se acabó, cuando llegó mi madre hasta se fue el sol.
Consecuencias:
Frustración constante. Yo le veo todas las ventajas del mundo a ser ordenada, incluida la de no tener que oír a mi madre, que eso es la súper ventaja. Pero no me sale.
En mi hermana, cierto grado de autonomía. La perdí un par de veces más.
Excepciones para utilizarlo:
Futuros hijos míos, confiaremos en los poderes de San Cucufato el día que os pierda. Porque va a pasar. Lo tengo claro, y mi madre, también.